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El apagón político

El apagón político

“Amo a mi país más que a cualquier otro país del mundo y, precisamente por eso, insisto en el derecho de criticarlo perpetuamente” James Baldwin


Estamos a un pasaporte de distancia de tener más similitudes con Puerto Rico. Aunque esto no ha hecho falta para que los dominicanos emigren masivamente al norte: de los más de 2 millones de dominicanos en el exterior, el 89.3% viven en Estados Unidos. Los dominicanos somos la cuarta población hispana más grande de EEUU y Puerto Rico la segunda, con más de 5 millones de puertorriqueños residentes en Estados Unidos. Tanto Puerto Rico como República Dominicana son dos naciones de exiliados, donde siempre se tiene una salida de emergencia por aire o mar. 

Como islas que se repiten (media isla en el caso dominicano), compartimos las mismas dolencias y nos las bailamos como forma de resistencia, ya sea en salsa, merengue, reggaetón o trap. Bad Bunny es el representante actual más relevante de ese lazo rítmico que nos conecta. Su último disco, “Un verano sin ti”, fue producido en nuestro país y está lleno de referencias culturales, guiños y ritmos dominicanos. Con la explosión resultante de mezclar sonidos caribeños, predominantemente puertorriqueños y dominicanos, Bad Bunny actualmente es el artista hispanoamericano más influyente del globo, sin tener que cantar en inglés. 

Siendo el artista referente de toda la industria de la música, Bad Bunny se atrevió a utilizar su plataforma para generar incidencia política en una de las tantas problemáticas que aquejan al pueblo puertorriqueño: la gentrificación y la privatización de los recursos de Puerto Rico. Contrario a lo dictado por la inmediatez de las redes sociales y la tendencia de consumir contenidos breves, Bad Bunny apostó a convertir su videoclip de “El Apagón” en una pieza audiovisual de más de 22 minutos con un reportaje periodístico de Bianca Graulau, una periodista independiente que realiza reportajes sobre el impacto de las privatizaciones de las playas y la electricidad, entre otros desafíos que enfrenta el vecino país. 

Quien no viva en el Caribe, con el video de “El Apagón”, podrá tener una visión menos romántica de lo que es vivir donde otros vacacionan: las injusticias y vulnerabilidades contrastan con la belleza de nuestros recursos naturales y con el ritmo de nuestras canciones. El video es una carta de amor a una isla que sufres, desde adentro o desde afuera, porque el que se va no necesariamente quiere irse. Como dice la canción en sus versos finales: “Yo no me quiero ir de aquí, que se vayan ellos”. 

Ver este video es ver a República Dominicana en un espejo, porque al igual que en Puerto Rico, los gobiernos dominicanos han apostado al turismo como principal industria. También me hace preguntarme ¿qué artista de la música, influyente y popular, utiliza su plataforma para posicionarse políticamente en República Dominicana? Pudiéramos buscar equivalentes a Bad Bunny en nuestros representantes de la música urbana, que son quienes tienen la mayor influencia y alcance en nuestro país. Sin embargo, en momentos de crisis política, la posición de nuestros artistas más populares ha sido no posicionarse. Atrás parecen haber quedado los tiempos en los que uno de los artistas más populares del país, Johnny Ventura, desafiaba públicamente a un presidente autoritario, haciéndole una canción a una campesina que también lo desafió: Mamá Tingó. 

El apagón político de los artistas de la música popular dominicana no es casual, es el mismo letargo que sufre el que intenta sobrevivir en condiciones adversas, letargo al que las élites llaman “Paz social”. Es una evitación del conflicto por interés económico o desarraigo de lo colectivo, un proceso de desmovilización que tiene mucho que ver con la óptica de la superación individual que ha convertido a los artistas urbanos en el oxígeno de la desigualdad que nos envuelve: cuando un artista urbano ostenta sus posesiones y riquezas, construye sobre esa idea de que salir de la pobreza es posible a pesar de las dificultades estructurales a las que se enfrenta, como la falta de una educación pública de calidad y de servicios básicos mínimos para vivir en dignidad. 

Pero los artistas urbanos no solo son los referentes de la posibilidad de riqueza económica, de los sueños y aspiraciones de los que vienen subiendo, lugar que ostentaron alguna vez los deportistas de Grandes Ligas. Los artistas urbanos también son el chivo expiatorio de una clase política desacreditada: a ellos se les culpa injustamente de la violencia que predomina en nuestro país. Ellos son “los otros” a quienes señalan cuando es imposible mirarse al espejo. 

Por otro lado está la relación simbiótica entre los artistas populares y el poder. Un buen ejemplo son los 100 millones de pesos repartidos por el coordinador del Gabinete de Políticas Sociales, Peña Guaba, de forma ilegal y en medio de la pandemia, para pagar favores a artistas que apoyaron la campaña del PRM. Tras la indignación de la ciudadanía, se suspendió la entrega del dinero, a lo que los artistas que iban a ser beneficiados respondieron con una campaña diciendo que ellos “trabajaron” en favor del actual presidente, por lo tanto se lo merecían. 

Otros ejemplos que hemos visto de esta simbiosis son las exoneraciones de vehículos (cuya existencia irrita a la población) que los legisladores venden para que artistas traigan Mclarens y Bugattis, vehículos que después terminan incluso en caravanas políticas. También las contrataciones a artistas para que compartan videos en redes sociales de apoyo a candidatos y, más recientemente, un diputado sirviendo de garante para que un artista que están siendo acusado por violencia sexual a una menor sea beneficiado con una variación de medidas de coerción. Convertir al artista en un simple influenciador ha sido uno de los grandes triunfos de nuestra clase política. 

En esta relación exclusivamente clientelar, la convicción no es necesaria. Para muchos, no mantenerse al margen les obligaría a pagar un precio: el precio de perder beneficios económicos y poder en lo inmediato. Sin embargo, mantenerse al margen es ya una posición política: es conformarse y aceptar como bueno y válido el estado actual de las cosas, y ese estado incluye la marginalidad, injusticia y pobreza de la que muchos representantes de nuestra música popular han sido y son víctimas. 

Aunque Puerto Rico y República Dominicana son dos islas que se repiten, en República Dominicana la resistencia se resiste: ¿será por nuestro sistema educativo precario, que ha desmovilizado el pensamiento en nuestro país?, ¿será porque esa precaria educación hace que estas injusticias sean menos evidentes? ¿será que falta mucho? Bad Bunny es la referencia de que hay otras formas posibles de utilizar la creatividad al servicio de la gente. Hoy, más que nunca, se necesita de las voces disidentes, de la función de contrapoder. La música es el vehículo con mayor posibilidad de influenciar a los que vienen, de crear otros imaginarios y posibilidades. 

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