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El fútbol y la política de la indiferencia

El fútbol y la política de la indiferencia

Es un secreto a voces, pero igual es útil subrayarlo: el fútbol y la política están conectados por un cordón umbilical atípico, uno a través del cual transitan fluidos turbios. Es posible argumentar que esto no debe sorprender demasiado, fundamentalmente porque el fútbol es, en realidad, una de esas actividades que saca a relucir lo más genuino de nosotros. En su seno se reproducen los mismos avatares y contingencias de la condición humana. Además, bien por fuerza de los hechos o gracias a la democratización de la cultura, el fútbol se ha integrado al imaginario global con una fuerza descomunal, como reclamando un espacio asignado por mandato divino, por disposición soberana de aquello que es ajeno a nosotros, pero que determina (a veces de forma inexplicable) el ritmo de nuestro particular cosmos. Sin más: el fútbol es humano. Y, como todo lo humano, es político. Para lo bueno, claro; pero también para lo malo. 

Esta es una cuestión que cabe reiterar ahora, en el contexto de la Copa del Mundo 2022 que tiene lugar en Catar. En torno a su celebración sobrevuelan acusaciones de soborno, corrupción y tráfico de influencias, en un largo folleto de irregularidades rastreables en su gran mayoría hasta el máximo órgano regulador del sector: la FIFA. A esto hay que añadir la imputación (no poco seductora) planteada en el sentido de que, en verdad, el otorgamiento de la sede al régimen catarí es un caso más de sportswashing, es decir, del “lavado de cara” que trae consigo –en provecho de la autoridad política de turno— la celebración de un evento tan global y aglutinador como la Copa del Mundo. 

Nada nuevo bajo el sol. Hay que decirlo así, al menos para revalidar el peso del pasado. Dicen por ahí que la verdad no es hija de la autoridad sino de la historia, así que alguna utilidad tiene echar la vista atrás. Recuérdense los Juegos Olímpicos de Berlín de 1936, con los que un sonriente Adolf Hitler presentó su flamante careta de líder de masas. Piénsese también en la Copa del Mundo de 1978, que tuvo lugar en Argentina, con victoria para una anfitriona contenta por los goles de Kempes, pero agonizante en silencio ante las barbaridades de Videla y su pandilla. Algunos años antes, la selección brasileña de O Rei Pelé se consagró ante los ojos gustosos de una cúpula militar que por entonces regía, cual dictadura de manual, los destinos de un pueblo millonario y, a la vez, empobrecido. 

Tampoco es que pueda decirse que no ha habido experiencias positivas. Por ejemplo, con un gol descomunal en una calurosa tarde mexicana de 1986, Diego Armando Maradona logró desplazar –aun momentáneamente— el dolor que había producido a la sociedad argentina una guerra breve pero sangrienta, que se saldó con la vida de 649 soldados y la “reconquista” de un territorio reclamado por años y años. El apartheid, por otra parte, fue vencido desde distintos frentes y uno de ellos fue, precisamente, el fútbol, con Mandela haciéndose acompañar de los señores ejecutivos que habían prometido acabar con la desigualdad a través de una pelota. Pensemos también en la Copa celebrada en España, en el año 1982, cuatro años después de la instauración de la democracia posterior a Franco, torneo que revalidó ante los ojos del mundo a una sociedad española que por entonces ya saboreaba lo que implica vivir en verdadera libertad. 

El problema es que esta historia de vaivenes –que sugiere que el fútbol trae tanto cosas buenas como malas— tiene una cara fea, un lado desagradable. Apreciar esta faceta oscura de un deporte tan hermoso tiene un efecto terapéutico, de liberación, porque conduce a la verdadera razón detrás de estos bandazos seudopolíticos. Sepp Blatter lo dijo claramente –y, por cierto, sin un cecé de vergüenza—: el fútbol es un producto y, por ende, genera negocio, ventas, marketing, capital. Así que Blatter, hijo predilecto de un tal João Havelange (presidente de FIFA en el periodo 1974-98 y mastermind de la industrialización y expansión del fútbol moderno), se dio a la tarea de convertir al fútbol en lo que es hoy: un producto global con una fuerza motiva brutal y un potencial económico extraordinario, colosal; potencial que a su vez genera poder político real

He aquí el meollo del asunto: el afán de monetización de un producto tan humano, tan cultural, tan idiosincrático, tan fiel a nuestro propio reflejo como sociedad plural, convirtió el fútbol y toda su parafernalia en una plataforma política absolutamente indiferente a la realidad en la que se integra, de espaldas –por ejemplo— a las causas políticas vigentes en los años de gloria de Pelé, o en la foto del gol de carambola de Kempes contra la naranja mecánica (y contra la maldita dictadura), o en aquella tarde indeleble en la que un carajito criado en Villa Fiorito se convirtió en Dios. Con su indiferencia, el fútbol y los señores que lo gobiernan han propiciado que las reivindicaciones de cohesión y unión que prohijaron aquellos goles, aquellas victorias, florezcan a pesar del deporte. Porque el fútbol, cuando ha tenido que hablar, ha callado; cuando ha tenido que denunciar, se ha hecho a un lado; cuando ha tenido que responder, se ha negado; y cuando la mayoría se ha empobrecido, ha resultado ser (vaya usted a saber cómo) el principal beneficiario. 

Así que, peor que los billetes esquivos, los maletines negros, las reuniones sospechosas, los acuerdos hediondos, los guiños cínicos y los sobres dudosos; peor que todo eso, creo yo, está la indiferencia. Que se me entienda bien: la indiferencia ante la realidad insoslayable de que el fútbol es un canal directo hacia la idiosincracia de los pueblos, hacia su más profundo estado de ánimo, hacia sus necesidades y reclamos, hacia su cultura, su folclore. El fútbol es, sin más, uno de los termómetros más certeros del pulso social. Por todo eso, la indiferencia duele más. Porque cada partido, cada gol, cada patada, se da en un contexto preñado de cuentas por cobrar; en su trasfondo se reproducen deudas sociales que atañen a las mismas sociedades a las que se engatusa con el juego de la pelota. A eso no se le puede dar la espalda. 

Hay que gozar el Mundial; dicho queda. Pero no desde la indiferencia hacia las causas sociales (puras cuestiones de derechos humanos, libertades básicas, igualdad, justicia social…) que marcan su entorno. El fútbol es humano; el fútbol es político. Para lo bueno y para lo malo.  

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