Este domingo 23 de agosto tendrá lugar en Santo Domingo la Marcha del Orgullo LGBTI+ 2026. En anticipación a este evento, he decidido escribir estas líneas para desmitificar algunas de las ideas que lo rodean, promover una mayor comprensión de su relevancia y hacer un llamado a la solidaridad con la lucha por los derechos de las personas LGBTI+ en la República Dominicana.
Comencemos con el elefante en la sala: ¿orgullo de qué?
La adopción del término ‘‘orgullo’’ para denominar estas manifestaciones responde precisamente a la reivindicación política que históricamente les ha dado sentido. Algunas personas interpretan, erróneamente, que hablar de orgullo supone afirmar cierta superioridad de la población LGBTI+ frente al resto de la sociedad. En realidad, el mensaje es mucho más sencillo: sentir atracción, amar o establecer vínculos afectivos con una persona de tu mismo género, o vivir una identidad o expresión de género que no se corresponda con las expectativas asociadas al sexo que te fue asignado al nacer, no debe ser motivo de vergüenza ni dar lugar al rechazo, la exclusión o la vulneración de derechos.
El orgullo es, ante todo, un llamado dirigido a cada persona LGBTI+ para que pueda reconocer y abrazar, en sus propios términos, su orientación sexual o identidad de género. Es una afirmación de la dignidad propia frente a los múltiples embates que todavía debe afrontar quien se aparta de las expectativas sociales sobre cómo debe ser, a quién debe amar o cómo debe vivir. En una sociedad en la que a muchas personas todavía les cuesta aceptar las realidades ajenas, el orgullo reivindica algo elemental: nadie debería sentir vergüenza de quien es ni verse obligado a ocultarse para obtener la aceptación de los demás.
En nuestro contexto, ser una persona abiertamente LGBTI+ todavía implica pagar un precio. Tan solo en noviembre de 2025, el Tribunal Constitucional declaró inconstitucionales dos disposiciones que sancionaban a integrantes de la Policía Nacional y de las Fuerzas Armadas por mantener relaciones sexuales consensuales con personas adultas de su mismo sexo, incluso cuando ocurrieran en el ámbito privado. Hasta entonces, el propio ordenamiento jurídico legitimaba una diferencia de trato basada exclusivamente en la orientación sexual.
Pero la desigualdad no se limita a esas disposiciones ni desapareció con aquella sentencia. Las personas LGBTI+ continúan sin contar con el mismo reconocimiento jurídico y la misma protección que reciben las personas heterosexuales y cisgénero en aspectos fundamentales de sus vidas. A ello se suman los prejuicios y estereotipos que todavía sirven para condenarlas socialmente, restringir sus oportunidades e impedirles disfrutar de sus derechos y experiencias vitales en igualdad de condiciones.
En ese contexto, salir a marchar libre, abierta y públicamente por las calles de Santo Domingo constituye un acto político, de resistencia y de reivindicación. Es la respuesta de una población históricamente marginada, a la que se le ha enseñado que, a lo sumo, puede ser tolerada mientras permanezca en las sombras y no exprese su realidad con la misma libertad con la que lo hacen las personas heterosexuales y cisgénero.
Frente a quienes, desde el miedo, el prejuicio, la incomprensión o la intolerancia, promueven el rechazo, el odio y la marginación de las personas LGBTI+, la marcha afirma públicamente: estamos aquí. Sin hacer daño a nadie ni vulnerar los derechos de terceras personas, salimos a las calles para reivindicar que tenemos el mismo derecho a vivir en libertad, de acuerdo con nuestra individualidad y sin ocultarnos únicamente porque nuestra existencia o nuestra visibilidad incomoden a otras personas.
¿Para quién es la marcha?
La Marcha del Orgullo reivindica los derechos de las personas LGBTI+, promueve su visibilidad y reclama el espacio social que históricamente les ha sido negado. Aunque, naturalmente, convoca principalmente a quienes forman parte de esta población, en la actualidad las marchas del orgullo alrededor del mundo también reúnen a familiares, amistades, personas aliadas y a cualquiera que comparta el compromiso de construir una sociedad más igualitaria.
Por eso, no es necesario ser una persona LGBTI+ para participar. La marcha está abierta a quienes deseen sumarse, desde el respeto y la solidaridad, a una causa cuya esencia no es restringir derechos ni imponer una forma de vida, sino procurar que más personas puedan disfrutar de la libertad y la igualdad que todavía les son negadas.
¿Por qué tiene que ser así?
Una de las críticas más frecuentes, formulada tanto por quienes rechazan a la población LGBTI+ como por algunas personas que forman parte de ella, se dirige a la manera en que determinadas personas se visten, se expresan o se comportan durante la marcha. ¿Por qué tiene que haber tanto color? ¿Por qué ciertas vestimentas? ¿Por qué algunas expresiones tienen que ser tan visibles?
Estas preguntas pierden de vista que la visibilidad consiste, precisamente, en mostrar aquello que durante tanto tiempo se nos ha exigido ocultar. La marcha es un acto político de afirmación frente a una sociedad que ha pretendido establecer qué cuerpos pueden mostrarse, qué afectos pueden expresarse y cuáles formas de feminidad o masculinidad resultan aceptables. Su propósito no es sustituir un modelo obligatorio de conducta por otro, sino defender la libertad de cada persona para expresarse de acuerdo con su propia individualidad.
Durante esas horas, las calles de Santo Domingo se convierten en un espacio en el que muchas personas LGBTI+ experimentan una libertad que no siempre encuentran en su vida cotidiana: caminar sin esconder su feminidad o masculinidad; tomar de la mano a la persona que aman; bailar, abrazarse o mostrarse en público sin que la incomodidad ajena pretenda convertirse en hostigamiento, discriminación o violencia.
Eso no significa que todas las personas LGBTI+ deban vestirse, expresarse o vivir de la misma manera. Significa exactamente lo contrario: que ninguna debería ser sancionada por hacerlo de una forma que otras personas no comprendan, no compartan o no elegirían para sí mismas. La libertad que la marcha reivindica no consiste en que todas las personas sean iguales, sino en que cada una pueda ser distinta sin que esa diferencia le cueste su dignidad o sus derechos.
¿Y si no me representa?
Esta pregunta me parece fundamental. La población LGBTI+ no es un monolito, una organización ni una masa homogénea. No comparte un solo pensamiento ni existe una autoridad que pueda hablar en nombre de todas las personas que la integran. Suponer lo contrario parte de una premisa equivocada: que tener una orientación sexual o una identidad de género diversa determina los valores, las opiniones, las conductas o las decisiones individuales de una persona.
Ese razonamiento responde al mismo mecanismo que sostiene otros prejuicios: atribuir determinadas características a una persona únicamente por pertenecer a un grupo. Las personas heterosexuales no piensan igual, no votan por el mismo partidos, no profesan una misma religión, no disfrutan la misma música, no tienen los mismos hobbies, no forman un único modelo de familia ni viven su sexualidad de una sola manera. Algunas se dedican a la medicina, otras a la política, al empresariado, al voluntariado o a cualquier otra actividad. A nadie se le ocurriría afirmar seriamente que la conducta de una persona heterosexual representa a todas las demás.
Lo mismo ocurre en cualquier otro grupo social. Ni siquiera quienes pertenecen a una misma iglesia viven su religión de forma idéntica, ni quienes militan en un mismo partido político coinciden siempre sobre todas las políticas o los liderazgos internos. ¿Por qué, entonces, habría de exigirse o asumir una uniformidad a una población tan amplia y diversa como la LGBTI+?
El único elemento común que permite agrupar bajo estas siglas a quienes integran esta población es tener una orientación sexual o una identidad de género diversa. De allí no puede inferirse una personalidad, una ideología, un modo de vida ni una determinada conducta. Ser gay, lesbiana, bisexual o trans no nos hace idénticos. Las personas LGBTI+ somos iguales precisamente en nuestro derecho a ser profundamente diversas.
De esa diversidad se desprende que la Marcha del Orgullo, como espacio de visibilidad y reivindicación, no puede expresar una única manera de ser LGBTI+. Ni siquiera todas las personas que integran esta población experimentan la discriminación de la misma forma. La orientación sexual y la identidad de género se entrecruzan con otros elementos de la identidad y de las circunstancias de cada persona, como su género, color de piel, nacionalidad, situación económica, discapacidad, religión o nivel educativo. Estas diferencias condicionan tanto la manera en que cada persona vive como las formas de exclusión que puede enfrentar.
Por eso, aunque pueda parecer controvertido, nadie está llamado a representar individualmente a nadie durante la marcha. La marcha nos abraza en nuestra diversidad, pero corresponde a cada persona, desde su individualidad y en ejercicio de su libertad, acudir a ella y representarse a sí misma.
A diferencia de los procesos electorales, en los que escogemos autoridades que luego deben representar a toda la población, la marcha no elige portavoces ni exige adhesión a cada expresión que tenga lugar en ella. Es un espacio abierto para cuestionar, precisamente, la idea de que existe una forma correcta o incorrecta de ser LGBTI+, o de que todas las personas que integramos esta población somos de una misma manera.
Cuando alguna amistad me dice que no se siente representada por lo que observa en la marcha, suelo responderle que lleve a ella aquello que quisiera encontrar: un cartel de gays médicos, lesbianas arquitectas, empresarios bisexuales, cristianos LGBTI+, militares queer o mujeres trans de derecha. Las personas LGBTI+ somos todo eso y mucho más. Tenemos el mismo derecho que cualquier otra persona a ejercer esas profesiones, abrazar esas convicciones y construir nuestras vidas conforme a nuestras propias decisiones. La marcha existe, precisamente, para que toda esa diversidad también pueda hacerse visible.
En ese mismo espíritu, luchar por el respeto y la igualdad de derechos exige que las propias personas LGBTI+ reconozcamos que nuestra población tampoco es un monolito. Cada quien contribuye a esta causa haciendo visible su propia realidad y su manera particular de existir. Por eso, como bien decía la presidenta de Casa Q+, Belkis Batista, no es necesario sentirse ‘‘representado’’ por todas las expresiones presentes en la marcha para participar en ella. Allí ninguna persona te representa por el solo hecho de compartir contigo una orientación sexual o una identidad de género diversa. Te representas tú.
Asistir a la marcha tampoco supone respaldar cada expresión, opinión o actuación de las demás personas que participan en ella, del mismo modo que compartir cualquier otro espacio social no implica suscribir la conducta de todas las personas presentes. Por el contrario, si no encuentras reflejada tu manera de ser o de vivir, tu presencia adquiere todavía más importancia: también existen personas LGBTI+ como tú, con el mismo derecho a hacerse visibles, ocupar el espacio público y participar plenamente en la sociedad.
Lo que sí resultaría contradictorio sería sancionar, condenar o excluir a quienes, dentro de la propia población LGBTI+, son diferentes de nosotros. Hacerlo reproduciría la misma lógica de exclusión y discriminación contra la cual esta causa pretende luchar. La igualdad que reclamamos hacia fuera también debe orientar la manera en que nos relacionamos entre nosotros.
Y aunque algunas personas decidan mantenerse al margen o renieguen abiertamente de esta lucha, los espacios conquistados por quienes se exponen, se organizan y se hacen visibles terminan ampliando los derechos y las libertades de todas. Incluso de quienes consideran que esas personas no las representan.
Este domingo, las calles de Santo Domingo volverán a llenarse de personas distintas entre sí, pero unidas por una reivindicación elemental: el derecho a vivir con dignidad, en libertad y sin que su orientación sexual o identidad de género las convierta en objeto de vergüenza, exclusión o violencia. Si eres una persona LGBTI+ y no encuentras en la marcha aquello que te representa, llévalo contigo. Si no lo eres, también puedes sumarte desde la solidaridad y la convicción de que la libertad y la igualdad no pierden valor cuando alcanzan a más personas.
La Marcha del Orgullo no exige que vivamos, amemos o nos expresemos de una misma manera. Reivindica que todas las personas podamos hacerlo libremente. Este domingo marchamos porque estamos aquí, porque no tenemos nada de qué avergonzarnos y porque las calles, la sociedad y los derechos también nos pertenecen.
Lo que dice la gente