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Más bajito para poder escucharte 

Más bajito para poder escucharte 

Caminar en Santo Domingo es un desafío sensorial. No digo de caminar como hecho mecánico y simple desplazamiento, eso todavía se puede con algo de esfuerzo. Hablo de dar una caminata para distraer la mente, como hace la gente en las películas. Salir a despejar la mente es una acción contraproducente. Se regresa peor, con más preocupaciones que las originales. 

Calles sin sombra en el día y sin luz en la noche. La probabilidad de que te encuentre un atracador es tan alta como la improbabilidad de encontrar una acera decente. Entre todos los sentidos puestos a prueba, pasando por el instinto de autopreservación, es el oído el que va más forzado, ya sea a punta de decibeles o por las palabras necias de hombres acosadores si eres mujer. Sabemos que Santo Domingo no es famosa por sus monjes budistas, pero no deja de sorprender cómo hay tantas horas y tantas partes de esta ciudad que no te dejan trenzar ni dos ideas continuas con su sonido de fiera agonizante. Para intentar esa caminata hay que ponerse audífonos y hablar solo para que las palabras no mueran opacadas por el entorno, lo que entonces significa desconectar uno de los sentidos del ambiente. Nada grave, pero la idea era escuchar el pensamiento, no música, y uno quisiera concentrarse en un solo problema, sin contar el calor.

El calor y el ruido son dos eternos compadres que, no por coincidencia, suelen provenir de la fricción o la combustión. En el caso de los vehículos con motores de ignición, de ambas. Las ciudades y la gente no son tan ruidosas, los carros lo son. Indispensables para la matriz actual de transporte y abastecimiento, desde los camiones hasta los motores, cada quien hace su aporte a la guerra del ruido. Es una competencia con tendencia al alza, como quien habla más alto, cuya mejor representación es el recital de bocinas que se forma con o sin tapón. Y están también los extremos por amor a ensordecer a los demás. Así, parece que, como consuelo, hay quienes modifican los mufflers de sus carros para creerse que están en una carrera de NASCAR mientras van camino a cumplir un horario laboral; o los que aceleran el motor aun sin moverse como por hacer acto de presencia, sin olvidar a los que directamente gastan salarios enteros en parlantes para sacar a pasear un concierto en su carro.

El silencio para la creatividad, la precisión y el descanso es escaso y por tanto carísimo. Se consigue en residenciales con suficientes zonas verdes de amortiguación o pisos muy altos, con ventanas insonorizadas y aire central. Las políticas públicas antirruido, las regulaciones como zonas de circulación para camiones o reglamentación para limitar los decibeles que pueden generar los motores respecto a sus parámetros de fábrica, quedan sepultadas en la lista de prioridades y problemas menos subjetivos de la ciudad.

Como el problema del ruido en informática y estadística se puede definir como lo que se pierde entre lo que sobra, este exceso de decibeles marca un punto crítico en la convivencia. El verdadero antónimo del ruido no es el silencio, sino la escucha. Tal vez será que soy de tímpanos de cristal y me creo que el silencio es un derecho. No se trata de convertir Santo Domingo en una biblioteca ni de pedirnos perder nuestra esencia de hablar alto. Eso nunca. Pero sí se vale desear que en el Malecón se escuchen las olas por encima de la furia de los camiones.

Lo que dice la gente

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