Cuando pensábamos que ninguna situación o “acontecimiento” podía superar los episodios que ocurren dentro del hemiciclo del Congreso Nacional, nos equivocamos. Una legisladora ha afirmado, con total convicción, que las relaciones de pareja existen para sostener relaciones sexuales, cuestionando así el derecho que tenemos como personas a dar o negar nuestro consentimiento.
Su nombre es Altagracia de los Santos, diputada del Partido Revolucionario Moderno (PRM) por la circunscripción 3 de Santo Domingo Este, electa en las pasadas elecciones con 5,952 votos, siendo la diputada con menor respaldo electoral de su partido en esa demarcación.
Durante su intervención en la sesión ordinaria No. 003 de la Cámara de Diputados, donde lamentablemente se aprobó el proyecto de Ley que modifica el Código Penal, De los Santos expresó lo siguiente:
“¿Cómo va a ser que si una mujer amaneció amargada con el marido, o brava con el marido o viceversa, y le da la gana de utilizar un electrónico y hacerse un pequeño daño por ahí abajo (la vagina), va y dice: mi marido me violó? A ese hombre le van a meter de 10 a 20 años.”
Y continuó:“¿Quién va a investigar eso? ¿Quién va a estar chequeando si la violó o no la violó? ¿Pero para qué usted se casó? Usted se casó para tener relaciones sexuales.”
Luego remató con una afirmación aún más preocupante: “Cuando la gente se casa, es para tener relaciones sexuales. Nadie se casa con una momia ni con un robot.”
Estas declaraciones, que serían inaceptables de cualquier figura pública, adquieren una gravedad mayor viniendo de alguien que no sólo legisla, sino que también se presenta como pastora evangélica, terapeuta sexual y sexóloga. De hecho, la diputada, que dirige el Ministerio Iglesia Centro de Restauración Hermosa, aseguró que si una mujer no desea tener relaciones sexuales, “como por ejemplo si está mala”, lo único que tiene que hacer es decirle al esposo: “yo estoy mala, no puedo tener relaciones sexuales”.
Una afirmación que normaliza la violencia
Lo más alarmante de este caso es que ocurre en un país donde todas las semanas mujeres son asesinadas por sus parejas o exparejas. Donde una joven trabajadora puede ser violada y asesinada en una zona franca en pleno horario laboral. Donde otras tantas viven abuso y maltrato como parte de una rutina. En ese contexto, declaraciones como estas no solo desinforman: refuerzan y legitiman la violencia machista que nos mata.
En mis años de trabajo en la prevención de la violencia de género, siempre ha quedado claro que el sentido de posesión que experimentan los hombres machistas es uno de los principales motores de los abusos y feminicidios. Y cuando una diputada, mujer, terapeuta y líder religiosa, válida la idea de que el cuerpo de una mujer casada pertenece a su esposo, está alimentando justamente esa raíz del problema.
Señora diputada: en el país que usted representa, miles de mujeres son maltratadas y abusadas cada día, muchas dentro del matrimonio o en unión libre. Cuando usted sugiere que negarse a tener relaciones sexuales dentro del matrimonio equivale a una injusticia contra el hombre, muchas mujeres pueden empezar a creer que decir “no” no es su derecho. Que, aunque estén enfermas, agotadas o simplemente no tengan deseo, deben ceder. Y eso no es matrimonio. Eso es abuso.
¿Una terapeuta sexual que niega el consentimiento?
Más allá de lo dicho como legisladora, preocupa profundamente lo que implica su postura como profesional de la salud mental y sexual. ¿Qué tipo de acompañamiento puede brindar una supuesta terapeuta que no comprende que el consentimiento es esencial en cualquier relación, incluso, y especialmente, dentro del matrimonio?
Me pregunto qué ocurre con las pacientes que acuden a ella buscando ayuda, consejo o apoyo. ¿Qué reciben a cambio? ¿Una validación de su abuso? ¿Un llamado a someterse “porque para eso se casaron”?
Aún más desconcertante fue escucharla decir que el artículo 135 del Código Penal, el que sanciona la violación sexual, debe revisarse porque “es para joder a los hombres”. En un país donde las mujeres son sistemáticamente violadas, acosadas, asesinadas, empobrecidas y subvaloradas, ¿cómo se atreve a decir que el problema es que los hombres están siendo “jodidos”? Si eso no es tergiversar la realidad, explíqueme qué lo es.
El matrimonio no anula el consentimiento
El matrimonio no condiciona el consentimiento ni tiene como único fin las relaciones sexuales. En su libro El sentido de consentir, la filósofa Clara Serra explica que el consentimiento no es un concepto estático, sino un proceso activo, dinámico y continuo, que requiere acuerdo mutuo, claridad, respeto y posibilidad real de negarse sin consecuencias negativas.
Especialmente en contextos de desigualdad estructural entre hombres y mujeres, el consentimiento debe ser reafirmado constantemente. No basta con haber dicho “sí” una vez, ni con haber firmado un papel legal. El cuerpo de una persona nunca deja de ser suyo.
¿Qué son y para qué son realmente el matrimonio y las relaciones de pareja?
El matrimonio y las relaciones de pareja no son contratos de obediencia ni licencias para el acceso ilimitado al cuerpo del otro, en este caso de las mujeres. Son vínculos que deben basarse en el respeto mutuo, la empatía, la comunicación y, sobre todo, la libertad.
Libertad para amar, para desear, para rechazar, para cuidarse uno mismo sin miedo. Una pareja sana no se sostiene en la imposición ni en el deber sexual, sino en el consentimiento compartido, en el deseo mutuo y en la comprensión de que el amor no exige renunciar a la autonomía.
Reducir el matrimonio a un deber sexual perpetuo no solo es un retroceso jurídico y cultural: es una forma de justificar la violencia dentro de la institución matrimonial.
Lo más preocupante de todo esto no es solo el contenido de las declaraciones, sino su origen institucional. Estas palabras vinieron de alguien con poder legislativo. De una mujer con capacidad de voto para aprobar leyes que impactan directamente la vida de millones de personas. ¿Qué clase de Congreso tenemos cuando se permite, e incluso se aplaude, este tipo de discursos?¿Qué tipo de democracia estamos construyendo cuando la ignorancia y el machismo se instalan cómodamente en las curules del poder?
La democracia no solo se mide por la posibilidad de votar. Se mide también por la calidad humana, ética y profesional de quienes nos representan. Y si quienes legislan no entienden los conceptos más básicos sobre derechos humanos, igualdad y dignidad, entonces es urgente repensar a quiénes estamos eligiendo.
Porque cuando el Congreso se convierte en altavoz del machismo y el fanatismo, lo que está en juego no es un debate legal: Es la vida de muchas mujeres.
Lo que dice la gente