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La valentía de ser

La valentía de ser

Esta es una entrega atípica a lo que tengo acostumbrada a la audiencia de El Mitín. No obstante, aunque con un matiz más personal, entendí oportuno compartir algunas reflexiones que, en el contexto en que vivimos, no dejan de ser profundamente políticas. Son reflexiones sobre realidades de nuestra sociedad que, sin duda, espero resuenen con muchas de las personas que nos leen. Estas líneas las escribo para reivindicar la valentía de ser: de ser de forma auténtica, de ser libre, de ser bueno, de ser suficiente y de ser feliz como persona LGBTI en un contexto en el que los prejuicios han educado a la sociedad para no permitirnos ser.

No es un secreto que, aún hoy, la orientación sexual y la identidad de género diversas no son vistas como formas legítimas de habitar nuestra sociedad. La primera reacción social es empujarnos a ocultar nuestra realidad. Esto es tan generalizado y penetrante que no solo pesa la presión social que nos empuja a mantenernos en silencio, sino también la forma en que esa presión termina instalándose dentro de nosotros. Muchas personas terminan experimentando autorrechazo, es decir, una negación de sí mismas, precisamente porque forman parte de esa misma sociedad que les enseñó a no permitirse ser.

La presión que mantiene a tantas personas en el armario, por miedo a enfrentar consecuencias negativas por ser quienes son, no es algo extraño cuando se nos ha enseñado a percibirla como motivo de vergüenza. En muchas familias, la identidad LGBTI de uno de sus miembros es tolerada a puertas cerradas, siempre que se mantenga en secreto. Se convierte en un supuesto “pecado” familiar del que nadie puede hablar. Es un secreto común, resguardado por igual en hogares de altos estratos, en barrios, en el campo, en iglesias y en los encuentros familiares de centros educativos, como si se tratara de un delito terrible y deshonroso.

Pero la vergüenza y los prejuicios no solo operan para mantener a las personas en el armario. También moldean lo que podría llamarse una aceptabilidad condicionada. En contextos heteronormativos y patriarcales (es decir, entornos donde se asume la heterosexualidad como norma y se imponen roles tradicionales de género sobre hombres y mujeres), incluso quien decide salir del armario puede reducir su exposición al rechazo cuando se ajusta a ciertos parámetros y encarna la figura de la persona LGBTI “aceptable”.

¿Y quién es esa persona LGBTI “aceptable”? Es aquella que ha interiorizado los mismos prejuicios que la sociedad proyecta sobre ella. Es quien asume que las parejas heterosexuales merecen protección jurídica, como el matrimonio o el acceso a la seguridad social a través del vínculo conyugal, pero considera innecesarias esas mismas garantías para sus propios vínculos. Es quien cree que una pareja LGBTI no debería expresar afecto en público, aunque ella misma lo considere completamente aceptable en una pareja heterosexual. Es, en definitiva, quien reproduce esos estándares heteronormativos para validarse a sí misma y validar o rechazar a otras personas LGBTI en función de cuánto se ajusten a ellos.

La persona LGBTI “aceptable”, en una sociedad educada para no permitirnos ser, es aquella que aspira a ser escogida a costa de sí misma. Termina siendo instrumentalizada. Se convierte en parámetro para medir a otros y en evidencia, dentro del discurso anti-LGBTI, de que existe una forma “correcta” de serlo: una forma marcada por la vergüenza, el silencio, la discreción impuesta y la negación de la propia vivencia, con la pretensión de negar también la de los demás.

Sin embargo, incluso cuando la heteronormatividad patriarcal ya no logra mantenernos en el armario ni hacernos odiarnos a nosotros mismos, continúa operando una expectativa. Se espera que quien no encaja en esa aceptabilidad viva avergonzado de su autenticidad. Se pretende que la persona LGBTI libre, en sus propios términos, ya sea desde formas más tradicionales o menos tradicionales, deba ajustarse a ciertos parámetros para ser plenamente aceptada. En ello no hay problema alguno cuando se trata de elecciones propias. El problema surge cuando se pretende medir lo que debe ser el otro desde la heteronorma (ese modelo que presenta la heterosexualidad y ciertos roles de género como la única referencia válida) y cuando se asume que quien no se ajusta a esos parámetros merece menos respeto. Así, la persona LGBTI libre termina siendo vista como menos, como alguien que ha fallado en cumplir el rol asignado por un orden social patriarcal que, históricamente, ha sido configurado para no contemplar nuestra existencia en condiciones de igualdad.

Pero esto no es solo otra estrategia de control. Es también una forma de desacreditar a quien ha logrado desprenderse de los prejuicios y dejar de centrar su vida en la aceptación de un orden social que nunca le ofreció un espacio digno. En un símil con el mito de la caverna de Platón, quien logra salir y ver la luz es percibido como alguien dañado por quienes aún viven en el mundo de las sombras.

En este contexto, ser una persona abiertamente LGBTI, auténtica y libre, en los propios términos que cada quien escoja, no es motivo de vergüenza. Muy por el contrario. Ser LGBTI en una sociedad educada para no permitirnos ser no solo es un acto de resistencia y de amor propio; es, además, un acto político y profundamente revolucionario. Más aún en espacios hostiles donde la ley no solo excluye de derechos que sí garantiza a otros, como el matrimonio, la adopción, el acceso a la seguridad social o el estatus migratorio derivado del vínculo de pareja, sino que también omite protegernos frente a la discriminación al no reconocer la orientación sexual, la identidad de género y la expresión de género (es decir, la forma en que una persona manifiesta su identidad a través de su apariencia, comportamiento o forma de presentarse) como categorías protegidas en el delito de discriminación en el Código Penal. Tampoco garantiza plenamente el libre desarrollo de la personalidad (es decir, el derecho a vivir conforme a quien se es). En ese contexto, ser es, en esencia, un acto de valentía.

Por último, la orientación sexual y la identidad de género no hacen a una persona más ni menos. Las personas heterosexuales no son homogéneas, pero tampoco son juzgadas exclusivamente a partir de este elemento de su identidad. Entre quienes comparten dicha orientación hay personas buenas y malas, personas que nos agradan y otras que no. Lo mismo ocurre con las personas LGBTI. El respeto no puede estar condicionado a que vivamos nuestra identidad de una forma que resulte cómoda para una sociedad que históricamente nos ha rechazado. La noción de una persona LGBTI aceptable nunca será legítima si pretende evaluar no la calidad humana de una persona, sino su identidad y la forma en que la vive.

Y, sin embargo, hay algo más. Porque no siempre se trata solo de resistir la vergüenza o de enfrentar la animosidad de quienes no se permiten ser a sí mismos. A veces, ser, simplemente ser, también tiene un efecto silencioso pero poderoso: el de inspirar. Inspirar a quienes, aun teniendo el deseo, no han logrado ver la luz exterior. A quienes siguen dentro de la caverna, no por falta de valentía, sino por el peso de un mundo que les enseñó a temerla. Y, en esos casos, nuestra existencia, nuestra autenticidad y nuestra libertad no solo son un acto personal de afirmación, sino también una forma de abrir camino para otras personas.

Porque, al final, la valentía de ser nunca es solo individual. También es una invitación.

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