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Los barrios que se volvieron parqueos

Los barrios que se volvieron parqueos

Con el Clásico Mundial de Béisbol aún fresco, me fue inevitable que la memoria me devuelva a mi infancia en Bajos de Haina, donde la calle no era asfalto de tránsito, sino el estadio y el parque del barrio. Para quienes crecimos fuera del centro o en las periferias, el entorno se transformaba en nuestro propio Iguana Park o el Arcada; un laboratorio de experiencias colectivas que cobraba vida desde que llegábamos de la escuela.

Sin embargo, notando que hoy esa dinámica ha sido desplazada –más allá de por la tecnología–, pensé en un factor estructural que ha reconfigurado nuestra geografía afectiva: el crecimiento de la movilidad individual por necesidad.

Esas calles donde se organizaban torneos de vitilla o el pañuelito, hoy son espacios hostiles. De repente, jugar un trúcamelo, al yun o al encondío’ se volvió una actividad riesgosa. Ya no se puede lanzar una pelota sin detener el juego porque viene un motor, un vehículo, y luego otro, y luego otro.

Pero no nos confundamos: el motor o el carro no son los culpables por sí mismos. En realidad, son la respuesta desesperada a una falla del sistema. El motor es un puente; ese recurso indispensable para salir de las entrañas del barrio y conectar con una red de transporte público que nunca llega a entrar. Ante la ineficiencia de ese Estado que no ha garantizado el movimiento colectivo y público digno, la vecina y el vecino se ven forzados a ocupar el espacio de juego con sus herramientas de transporte para poder sobrevivir a la ciudad.

Y esto, ha impuesto un nuevo orden donde prima el “yo” (mi ruta, mi parqueo, mi llegada), mientras nuestra memoria social nos pasa factura recordándonos el valor del “nosotros”.

Lo más alarmante es el contraste con el Polígono Central. Allí, la niñez sigue creando experiencias, pero desde el privilegio: en las áreas sociales de sus condominios, protegidos por garitas. Porque por otro lado, se ha consolidado la idea de que "lo público" es sinónimo de vulnerabilidad, y que el derecho al juego y a espacios de ocio dignos es solo para quien puede pagar su propio entorno de socialización.

Es imprescindible, por tanto, repensar el transporte público no sólo como un tema de tránsito, sino como un eje integral y transversal de justicia social. Recuperar un sistema eficiente es devolverle a la infancia su derecho a la calle y permitir que el barrio vuelva a ser un lugar de encuentro.

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